
Hay relaciones que no se rompen de golpe.
Se desgastan lentamente.
No hay una discusión final.
No hay una puerta que se cierra con fuerza.
Solo hay una sensación constante de decepción.
Muchas veces no dejamos de amar.
Empezamos a exigir.
El amor se vuelve pesado cuando colocamos sobre otra persona expectativas que nunca debieron cargar.
Esperamos que el cónyuge nos haga sentir seguros, valiosos, completos, afirmados… todo el tiempo.
Y cuando eso no sucede, concluimos que algo está mal con la relación.
Pero el problema no siempre es falta de amor.
Es desorden de expectativas.
Dios no entra a la relación para sacarnos de ella.
Entra para corregir expectativas.
El cónyuge ama, acompaña y aporta.
Pero no fue diseñado para ser la fuente absoluta de nuestra identidad ni de nuestra seguridad interna.
Cuando pedimos a una persona lo que solo Dios puede sostener, el amor deja de ser un regalo y se convierte en una carga.
El amor no fue diseñado para calmar inseguridades profundas.
Fue diseñado para compartir vida.
Muchas relaciones se desgastan no porque no haya amor, sino porque el amor se convirtió en una búsqueda constante de afirmación.
Y ninguna relación fue diseñada para sostener ese peso por mucho tiempo.
Ordenar expectativas no enfría el amor.
Lo libera.